
Tal como se relató a Jacquelyne Froeber
Estaba en el trabajo cuando timbró mi teléfono celular.
“Tiene cáncer endometrial”, dijo el doctor que me llamó.
Tuve una enorme sensación de pánico. Abrí la boca para decir, “debe haber marcado el número equivocado”, pero no pude decir una sola palabra. Estaba conmocionada.
Empecé a pensar en muchas cosas. No esperaba el resultado de ninguna prueba. Pero unos días atrás, tuve una cirugía para remover pólipos de mi útero para alistarme para una FIV.
Deseaba traer una vida nueva a este mundo. No estaba preparada para un diagnóstico de cáncer.
Las buenas noticias eran que mi ginecólogo obstetra también era oncólogo y pude tener una consulta con él inmediatamente. Las malas noticias: Él recomendó una histerectomía total.
Sentada en su consultorio, repentinamente sentí la magnitud de la situación, incluyendo tristeza, dolor e ira. Sentí dolor por no poder tener la vida que anhelaba. Y si sobrevivía, tendría una vida que no planee.
Pero había esperanza. Dijo que podía optar por un tratamiento con conservación de la fertilidad, lo que implicaba tomar un medicamento oral para ver qué efecto tendría en el cáncer. Dijo que solo tenía un tiempo limitado para probar el tratamiento y que debería tener una histerectomía en algún momento. Puesto que deseaba embarazarme, esa era la única opción para mí.
Puse la FIV en pausa y empecé con el tratamiento enseguida. Comencé a tener los efectos colaterales que se listaban en la etiqueta casi inmediatamente. Estaba en casa viendo tele cuando sentí un calor como de agua hirviendo en mi abdomen. Incrédula vi cómo se formó una línea roja en mi mano derecha, subió por mi brazo y finalmente llegó a cubrir todo mi cuerpo. Fue como ver una película de Marvel. El calor fue tan intenso que me preguntaba si debía ir al hospital. Esa fue la primera vez que tuve un bochorno, pero definitivamente no fue la última.
Rápidamente entendí que habían muchas cosas de mi cuerpo que no podía controlar. Antes de mi diagnóstico, siempre estaba llena de energía y tenía muchas actividades. Pero el tratamiento hizo que aumentará mucho de peso y causó fatiga extrema. Estaba tan cansada que debía tomar una siesta todos los días a aproximadamente las 2 P.M. en la oficina con la esperanza de que nadie me viera. Sentía como si un bus me hubiese arrollado.
También me resultaba muy difícil hablar sobre lo que me ocurría con otras personas. Simplemente no me parecía adecuado hablar con amigos o familiares acerca de cáncer. Todos tenían buenas intenciones, desde luego, pero simplemente no entendían realmente lo que sentía. Mi asesor de atención médica habló conmigo sobre grupos de apoyo de cáncer en Gilda’s Club en la ciudad de Nueva York, por lo que decidí ir.
A pesar de que al principio no me hallaba, todos me acogieron inmediatamente. No tuve que decir nada. A todos nos unía la tristeza y el temor, eso siempre ocurre con el cáncer. El grupo de apoyo me ayudó durante algunos de los días más difíciles y me dio ánimo en formas que nunca pensé que eran posibles.
2019 (foto/Karen Gerard)
Y necesitaba todo el apoyo que pudiera recibir. Me sometía a biopsias cada dos meses para monitorear cualquier cambio o neoplasia maligna. Para cada biopsia tuve que recibir anestesia, solicitar tiempo libre en el trabajo y lidiar con el estrés inherente de una cirugía.
Pero después de un año, no hubo ningún cambio. Mi doctor dijo que el tratamiento no estaba funcionando y que debíamos proceder con la histerectomía a menos que mi biopsia siguiente tuviera buenos resultados.
Cuando regresé a casa en el metro, tenía lágrimas en mi rostro. Una ola de dolor me inundó y me sentí muy sola y derrotada. Todos mis sueños habían desaparecido repentinamente. Estaba hecha pedazos.
Y fue entonces cuando oí mi voz interior. Escuché el mensaje fuerte y claro: Era poderoso, mucho más poderoso de lo que comprendí. Y decidí creerlo.
Puesto que sabía que las hormonas pueden promover ese trastorno, adopté una dieta que se basaba en vegetales para evitar las hormonas de productos de origen animal. Leí todos los libros que pude relacionados con el estilo de vida vegano y traté de comer lo más saludablemente posible. No fue fácil, me encantaban las hamburguesas con queso, pero evitar hormonas adicionales era algo que podía controlar.
También aproveché esa voz interior mediante meditación. Aprendí a librarme de parte de la ira a la que me aferraba y me enfoqué en adoptar una energía más sanadora.
El día de la biopsia estaba extremadamente nerviosa. Y mantenerme a la espera de los resultados fue insoportable. Finalmente, estaba en el consultorio de mi doctor cuando recibí las excelentes noticias: No tenía cáncer.
Eso ocurrió hace siete años y todavía estoy en remisión. Nunca volví a someterme a ninguna FIV y finalmente tomé la difícil decisión de tener una histerectomía para evitar complicaciones futuras.
Soy muy afortunada de que mi proceso de FIV haya dado paso a un diagnóstico temprano de cáncer endometrial. No tenía ningún síntoma, ningún sangrado anormal y tenía 38 años, mucho más joven que la edad promedio para este tipo de cáncer. Quién sabe cuánto tiempo hubiese pasado si no me hubiese sometido a esa cirugía para extraer pólipos.
Casi nunca pienso en el cáncer y en esa etapa de mi vida, pero recuerdo siempre la lección que aprendí: que debo escuchar mi voz interior y hacer lo que es adecuado para mí. Los proveedores de atención médica son maravillosos, desde luego, pero tú eres la única experta en lo que se refiere a tu propio ser. Presta atención a tu voz interior. Todos somos mucho más poderosos de lo que creemos.
Este recurso educativo se preparó con el apoyo de Merck.
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